Nada
en su evolución pictórica anterior permitía
sospechar que se decantaría por estos rumbos, pues en
sus diversas etapas la representación de animales estaba
ausente, acogiendo con exclusividad la figura humana descarnada
o su dimensión espiritual e inmaterial en su serie dedicada
a los ángeles caídos. Solo en su etapa inspirada
en los maestros del Renacimiento y en la mitología clásica
podemos recoger insinuaciones y destellos de su presente serie
equina, por lo que tal vez debemos señalar como su origen
la escultura de dimensiones monumentales que realizó
para la residencia Eleta en Haras Cerro Punta en el año
1996.
Interesante
por demás sería el análisis de las fuentes
de donde se origina la inspirada serie de caballos de Navarro,
porque su búsqueda la sabemos remontada a los mismos albores
de la creación pictórica humana en Laxcaux o Altamira.
Allí, -donde se origina su arte naturalista y preñado
de símbolos y claves y donde todo conspira para lograr
el ámbito ambiguo de lo mágico, recoge nuestro artista
las claves que le conducen por un itinerario histórico
que recorre lo más inspirado del tema equino en el arte.
Asume
el tema en toda su profunda complejidad. Reconocemos los testimonios
de su afanosa búsqueda en las estilizadas figuras del relieve
de la Cacería de caballos salvajes de Nínive, testigo
el arte Asirio, en los aurigas de Mesopotámia y de la antigua
Grecia. Se apropia Navarro de los cuerpos alargados, del movimiento
sugerido y recoge una estilización de cuerpos casi abstracta.
De los caballos de las metopas del Partenón asume la potencia
animal en su enunciación más desbordante y salvaje.
Del
mundo romano retoma la pasión por la escultura ecuestre
en su expresión más viril y autoritaria. Son caballos
que combaten épicas batallas y sirven de montura a héroes
civilizadores. Son caballos que invocan la presencia de Aquiles,
Alejandro y Augusto César, son caballos que invitan a penetrar
mundos masculinos desbordados de fuerzas primitivas, en un discurso
donde lo heroico y lo erótico equilibran el combate.
En
“La batalla de San Romano de Paolo Uccello”, encontramos
atisbos de las claves renacentistas de las que se vale Navarro
para recuperar lenguajes formales que se refieren al manejo de
los espacios, el color y los volúmenes de los caballos.
Coincidencias que también se pueden identificar otras obras
de artistas del Renacimiento que como Leonardo usaron el caballo
como tema, a manera de vehículo para el estudio de volúmenes
en movimiento.
De
las artes decorativas de la antigua China toma la obra de Navarro
la inspiración más evidente. La masiva presencia
de sus caballos, que ocupan casi todo el espacio, y que incluso
en algunas obras parecen escaparse de las fronteras de la superficie
pictórica , recoge especialmente la marcada tendencia a
los volúmenes casi escultóricos tan característica
de esta serie. Sin embargo el resultado, lejos de evocar el hieratismo
severo que nos remonta a los caballo de terracota de Xi’an,
se traduce en formas libres de gran movimiento que irrumpen el
espacio con el brío y la fuerza animal que solo temperamentos
indomables como el de Eduardo Navarro es capaz de comunicar a
través de los lienzos. La ambigüedad entre la figura
y los fondos pictóricos común a todas las obras,
evoca espacios equívocos ya característicos en el
trabajo anterior del artista. Asimismo su arriesgado tratamiento
del color y la subyugación del dibujo a este elemento,
consigue un dinámico equilibrio de surgentes resultados
cargados de una fuerte sensualidad.
Fiel
a su estilo expresionista, a la imagen agresiva e impaciente de
gran formato, innova temáticamente al dedicarse en esta
ocasión en forma monográfica al asunto equino. Sorprende
como siempre por su trato indomable del medio pictórico
y sus fondos tumultosos, contrapuestos a la presencia avasalladora
de la figura-tema. Nos embarga como siempre con la belleza exuberante
de lo excesivo, de lo salvaje, lo desbordado y lo poético.
Eduardo
Navarro es ya un consagrado poeta de las formas, del color y los
espacios. Gocemos la fortuna de participar una vez más
de la épica de sus pinturas y del secreto embrujo de sus
sueños y misterios.
Doctora Ángeles Ramos Baquero
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